¿En qué momento se jodió el PRD?
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Jue, Mar
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¿En qué momento se jodió el PRD?

Opinión
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RAFAEL CARDONA. Célebre la frase atribuida a Mario Vargas Llosa, quien la uso como epígrafe de su genial Conversación en la catedral y en cuya dolida interrogación Salazar Bondy nos preguntaba cuándo se había jodido el Perú. La pregunta se ha extendido a todo. A casi todo.

Hoy podemos —por ejemplo— preguntar frente a los desfiguros de Donald Trump en la Casa Blanca sobre la fecha de la jodidez americana, ¿cuándo se deterioraron los gringos hasta llegar a este circo de patanes ineptos?, ¿cuándo sacaron a Richard Nixon?, ¿cuándo perdieron Vietnam?, ¿cuándo eligieron a un actor de Hollywood?, ¿cuándo se les acabaron los pensadores?, ¿cuándo no entendieron a Obama?, ¿cuándo Clinton convirtió la Oficina Oval en table dance o sala de masaje con final feliz?

Quién sabe, pero esa pregunta del cuándo y la decadencia, la ruina, el naufragio, hoy se le puede aplicar al Partido de la Revolución Democrática, en el cual algunos albergaron esperanzas de cambio nacional, como si la izquierda en verdad tuviera las prendas de pureza contenidas en su decantada oratoria de tantos años, alimentada por escritores, novelistas, poetas y humanistas. Ilusos creyeron en la potencia del resentimiento, cuya acidez biliosa ni finca ni construye.

—¿Cuándo se jodió el PRD? Cuando nació, dicen algunos, cuando se conformó como un teratológico embrión de muchas sangres, cuando se convirtió en asamblea continua a partir de una confederación vengativa de ignorantes y mercenarios, de la cual hasta sus fundadores se escandalizaron y dejaron tirada el arpa y la toalla; cuando se subdividió en tribus y clanes y bandas organizadas, cuando comenzó a invadir predios al amparo de asambleas barriales, cuando desplegó pantomimas de populismo infecundo, cuando protegió al narcomenudista y al violador, cuando no hizo justicia desde el gobierno, cuando extorsionó empresarios a la luz de las cámaras de TV, cuando regaló leche con mierda, cuando… ¿queremos más?

Hoy la fractura más reciente se registra en su fracción senatorial.

Miguel Barbosa, envuelto en un discurso increíble, nos quiere hacer creer (o les quiere hacer creer a quienes lo defenestraron) en su capacidad para silbar y tragar pinole; marchar en la procesión y repicar en el campanario. Miente, y lo sabe.

Quiere jugar con dos barajas y con una se le caen los naipes. Lo echan por traidor y convenenciero y emprende el camino del alegato judicial. Pierde su tiempo.

Hace unos días, Mario Delgado, otro tránsfuga cobijado por Morena, celebraba la diáspora de sus compañeros en el Senado. Uno a uno van dejando hueco y vacío el cascarón, pero eso no es lo más grave.

Lo peor es una dirigencia sin pies ni cabeza, colgada de hilos, cuya escasa habilidad ya no sirve ni para señalar con ambos brazos dónde están las puertas de emergencia de ese avión en pleno aterrizaje forzoso, sin tren ni ruedas y con los tanques de combustible vacíos. Se va a estrellar. Primero en el Estado de México, donde quedará en pésimas condiciones y después en los siguientes procesos.

Nadie lleva paracaídas, excepto quienes ya han saltado por la borda o la ventana.

CONSEJEROS

En esta columna se publicarán los nombres de algunos aspirantes a consejeros electorales. No todos porque son muchos (casi 150), pero sí algunos cuya trayectoria, por una u otra razón, es llamativa. Hoy ofrezco estos dos, tomados de la página de Observatorio Electoral.

Jorge Arturo Zárate Vite: Licenciado en Periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Se desempeñó como coordinador de Comunicación Social de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, cargo al que renunció ante acusaciones por acoso sexual; con posterioridad un Juzgado de Distrito lo declaró inocente. Es autor del libro ¿Por qué se enredó la elección de 2006?

Flavio Galván Rivera: Licenciado, maestro y doctor en Derecho por la UNAM. Fue secretario de Estudio y Cuenta del entonces Tribunal de lo Contencioso Electoral, cargo que desempeñó hasta 1990. Posteriormente ingresó como magistrado regional del Tribunal Federal Electoral en la II Circunscripción y permaneció en el cargo hasta 1996. Ese mismo año fue designado secretario general de Acuerdos de la Sala Superior TEPJF y permaneció en el cargo hasta el 2006, cuando fue designado magistrado de la propia Sala Superior, donde se desempeñó hasta 2016.

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