El "Gran México" de aquí y de allá
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Jue, Mar
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El "Gran México" de aquí y de allá

Opinión
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RAFAEL CARDONA. La expresión “Gran México” la escuché por primera vez de boca de Porfirio Muñoz Ledo. Fue en ocasión de la defensa del voto de los mexicanos en el extranjero, con el cual yo personalmente nunca he estado de acuerdo. Quien se fue ya votó: votó con su cambio de país y de nacionalidad. Pero no es esa ahora la discusión.

Él decía: “los mexicanos de Estados Unidos y los mexicanos de este suelo somos en conjunto un ‘Gran México’ capaz de enfrentar la pujanza americana. Ellos nos quieren ver separados”. Cito de memoria y de antemano ofrezco disculpas si hubiera alguna imprecisión.

Hoy hay en este país un fervor consternado por la suerte de quienes se fueron a vivir a Estados Unidos y con el paso del tiempo lograron asimilación y, en algunos casos, residencia o nacionalidad. Y, sobre todo, por los miles cuya condición precaria los hace víctimas potenciales de la xenofobia del actual gobierno americano.

La frase “no están solos” me suena no sólo falsa, sino insulsa. ¿No están solos? Cuando se fueron tampoco: los acompañaban los “polleros”, en algunos casos.

Y de la mano de esa consternación empiezan a darse a conocer los esfuerzos de muchas organizaciones, una de ellas Agenda Migrante, según la cual, después de un viaje de observación e intercambio de puntos de vista, en el cual participaron periodistas, politólogos, historiadores y otros notables, ha llegado a una conclusión definitiva: los mexicanos cuya residencia está en el norte sajón no quieren volver a México. Y yo me pregunto, sin ironías de ninguna especie, si de verdad México puede hacer algo por ellos allá, cuando no pudo ayudarles a vivir en su tierra a ellos o a sus padres o ascendientes.

Hay algunos mexicanos residentes en Estados Unidos, dotados ya de documentos de ciudadanía (la doble condición ya es cosa de muchos años), quienes siguen insistiendo cómo en “The Beautiful América” lograron la libertad negada en su país de origen, como es el caso —­por ejemplo— de Jorge Ramos, quien dice haber hallado allá la libertad de pensamiento inexistente en México, donde nadie lo corría de las conferencias de prensa, como le ha sucedido ahora con Donald Trump.

El proyecto en marcha del gobierno mexicano de fortalecer con mil millones de pesos la labor de los cincuenta y tantos consulados mexicanos para brindar asistencia legal y promover juicios contra las deportaciones suena magnífico, si no fuera por la manera tan atrabiliaria como proceden los expulsores, quienes no necesitan esperar el tiempo de los juicios y papeleo legal. Actúan y luego “virigüan”.

Sin embargo, hay quienes creen en la lucha solidaria y la defensa absoluta y permanente. Un caso es el de Raúl P. Lomelí-Azoubel, presidente del Consejo de Saber es Poder, quien se incorporó recientemente a las páginas de Crónica y de cuya columna “La resistencia apenas comienza” tomo estos datos a la manera de bienvenida y saludo por su colaboración:

“…Les comparto algunos datos demográficos de la población hispana en los Estados Unidos: 55 millones de latinos, 36 millones de ascendencia mexicana, de los cuales 11.4 millones nacieron en México. De estos, 2.9 millones ya son naturalizados estadunidenses, y otros 3.3 millones cuentan con su residencia permanente.

“Asimismo, los estudiantes de origen latino (menor de 18 años) representan ya 1 de cada 4 estudiantes en los Estados Unidos. La tendencia al corto y mediano plazo es irrevocable, y su importancia en el futuro es real e imprescindible. Y mejor aún, el 70% del estudiantado latino recién graduado de las escuelas preparatorias ya se matriculan en mayor proporción en colegios y universidades, en comparación con el 66% de estudiantes blancos (White non-Hispanic) y de estudiantes afroamericanos con 56%.

“Diría Demetrio Macías en la novela Los de Abajo, de Mariano Azuela: ‘Mira esa piedra cómo ya no se para’… En efecto, estamos al inicio de una revolución, pero la nuestra es una revolución joven y pensante, la cual ganaremos primero en las cortes y después en las urnas”.

Esas líneas finales me parecen un monumento al optimismo. No lo comparto, pero quizá lo creería si tuviera más información directa, pero con los datos y experiencias en mi poder sobre la vida americana, me parece muy complejo llegar a las urnas a derrotar a quien ahora se le ha permitido trepar hasta la cima del Capitolio y la Casa Blanca.

Mi mayor temor es estar viendo el renacimiento del verdadero Leviatán estadunidense, la entronización de un poder supremacista, militarista, xenófobo, intolerante y depredador.

Ojalá yo esté equivocado.

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