Perfumes
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Mar, Abr
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Perfumes

Campo de Lavanda

Personajes y hechos
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Imaginar los primeros perfumes que apreciaron los seres humanos nos remite a la cueva donde nuestros ancestros se calentaban del inclemente frío. Acababan de dejar atrás a sus parientes primates y comenzaban a caminar erguidos. Aromas a maderas quemadas, pinos, ocotes y oyameles, además de flores que aún estaban en las ramas sin quemar.

Conforme el hombre se civilizó, aparecieron, con los sumerios, la escritura, los perfumes y los ungüentos que las mujeres utilizaban –y utilizan- para acicalarse, humedecerse con aromas silvestres de heliotropos, lavandas o agua de rosas. Este arte fue adoptado rápidamente por los egipcios, luego por los griegos y de ahí llegó a los europeos que, para obviar el baño, los perfeccionaron.
Recientemente, arqueólogos católicos encontraron varias vasijas que seguramente contenían perfumes del siglo 1 d. C. en un complejo termal, en Magdala, sobre el Lago de Tiberiades, en Galilea; tiempo y espacio de María, esposa de Jesús, aquella que para los Papas misóginos era una prostituta. María de Magdala, princesa de la casa de Benjamín (“El complot de María Magdalena” Gerald Messadié. Grijalbo) fundadora del cristianismo, conquistó a Jesús con perfumes.
“María, pues, tomó una libra de perfume muy caro, hecho de nardo puro, le ungió los pies y se los secó con sus cabellos, mientras la casa se llenaba del olor del perfume” (Jn, 12:3)
Alejandro Magno tenía fama de ser un hombre muy aseado y se decía que con su presencia cualquier habitación o tienda se impregnaba con su perfume. Perfumarse es un gesto estrechamente ligado a lo más íntimo, a lo que se es o lo que se desea ser, a la persona pública y a la persona privada.
Recordar las visitas al pueblo de la abuela; gordas gotas de agua explotaban contra el polvo terroso y despedían un olor a tierra mojada; perfume salido de una pachamama (madre tierra inca) sedienta.
La memoria nos remite al perfume que utilizaba la abuela o la primera novia. Es viajar en el tiempo; aunque, en ocasiones, por más que queramos, no podemos acceder a ciertos aromas; como el que tenía el cabello de la madre, del hijo, de un (a) amante. Cuánto no daríamos por otra vez tener el perfume de la libídine de un viejo amor.
Mirra, aloes o cinamomos, copales o inciensos, son alguno de los aromas místicos que nos llevan a los antiguos mexicas, mayas o toltecas adorando a Tláloc, Quetzalcóatl o al temible Huitzilopochtli. Muchos perfumes místicos nos mueven a santidad, a la búsqueda de la paz o del zen, y otros aromas, que, en ocasiones, permiten enfrentar a Dios con Satanás.
Se ha dicho hasta el cansancio que el estímulo del olfato despierta pasiones demoniacas, sentimientos perversos, intenciones carnales inconfesables, condenables, acercamientos indebidos, imágenes perniciosas, invitaciones a la seducción y sus horrores.
El perfume nos lleva al sexo. Así como el vaquero huele a vaca, el pescador a pescado, la prostituta a sexo.
Examino ese olor, dulce y tibio que sube desde el monte de Venus hasta los senos de una mujer. El perfume que fue colocado en la entrepierna y permite exacerbar la libido, absorber las esencias de la mujer, el deseo, el erotismo puro. Los aromas despiertan al demonio, la fiera que habita en todos nosotros, lo tienta y lo sacude.
La mujer se acerca para aspirar el perfume del cuello de su pareja, buscando, escudriñando ese olor pecaminoso; tal vez, el que deja el leño de otro hogar.
A los perfumes no debemos confundirlos con el nefando hedor de la grasa que escurría sobre la hoguera de la Inquisición, la sanguaza de los campos de guerra o el ácido fénico de los anfiteatros y tantos otros de los que deseáramos estar lejos.
En la novela “El perfume” (Patrick Süskind. Ed. Booket) Jean Baptiste Grenouille, el mayor fabricante de perfumes, gracias a su prodigioso sentido del olfato, como venganza por las ofensas sufridas, elabora un perfume que subyuga la voluntad de quien lo huele. Grenouille logra cautivar a las damas y dominar a los poderosos. Existe un único problema: para conseguir la esencia de la mágica fragancia se necesitan los fluidos corporales de jóvenes vírgenes.
Grenouille pensó en instalar una sucursal en la Ciudad de México convocando a jóvenes vírgenes… pero el concurso, fue declarado desierto.

Imagen de jardindeplantas.com