Botero/ Mariana Hanstein
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Botero/ Mariana Hanstein

Cultura
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SERAFÍN VÁZQUEZ/TRAVESÍA. Alguna vez, un Botero se vendió en 30 dólares, hoy sus obras se cotizan en millones. Ocurrió en 1957, era la primera exposición de Fernando Botero en Estados Unidos. Pero más que la venta, para Botero la visita a Washington le abría la posibilidad de conocer en vivo el arte contemporáneo estadunidense: Jackson Pollock y Kooning, entre otros.
Travesia Fue en Bogotá, donde el joven Fernando Botero Angulo (Medellín, 1932) tuvo su primera exposición. Se trataba de 25 obras con influencia desde Gauguin hasta Diego Rivera y José Clemente Orozco. Botero aún estaba en busca de su estilo, ese que el común de los mortales llamamos “Los gordos de Botero”.

Para descubrir su estilo, el joven autodidacta tuvo que estudiar tanto a los clásicos como a sus contemporáneos en sus países de origen, sin olvidar su identidad colombiana:
el artista solo es universal si está firmemente enraizado en su propia parroquia.
A sus 20 años viaja a Europa, donde vive en Barcelona, Madrid, París, Italia, Florencia, Venecia, Siena y Roma. En Madrid, se inscribe en la Academia de San Fernando que finalmente abandona, pues es poco lo que aprende, ya que los maestros insisten en enseñarle a encontrar su estilo, pero lo que a Botero le interesaba era aprender la técnica. Por lo que mejor se dedica a recorrer el Museo del Prado, donde Velázquez le impresionará.
En París, además del Louvre, visita las librerías a orillas del Sena para hojear los libros de arte. Es en Florencia donde la obra de Piero della Francesca lo deslumbrará.
En 1956 viaja a México, donde descubre que el trabajo de Frida Kahlo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco están sorprendiendo al mundo por su originalidad y monumentalidad.
A finales de los años 50s:
Su pintura figurativa desarrolló su estilo inconfundible; hizo cuadros de muchachas, series completas de semifiguras exuberantes, herederas tanto de las deidades mayas y aztecas como de la misteriosa Mona Lisa
En las paráfrasis que Botero realiza de cuadros clásicos, lo que busca es demostrar que lo que importa no es el tema, sino el estilo. Así lo ha hecho con Velázquez, Da Vinci, Piero della Francesca, Jan van Eyck, Dominique Ingres, y hasta de el Ecce Homo.
Aunque Botero ha expresado que sus obras no tienen ningún mensaje específico ni social; y que no cree que el arte pueda cambiar una situación política, sus temas ya incluyen la violencia del narcotráfico: Muerte de Pablo Escobar, 1999; Auto bomba, 1999. Y en 2004 realiza una serie de lienzos con el tema de la tortura que soldados estadunidenses infligieron a presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.
Hasta antes de estos temas, los críticos decían que parecía que Botero pintaba solo los domingos, cuando las personas visten sus mejores ropas y se peinan bien para disfrutar el tiempo libre dominical, por lo que era difícil descubrir obreros, jornaleros o indios trabajando.
Sólo resta escribir que Botero no acostumbra pintar con modelos, sino de memoria; que cuando pinta no tiene de antemano el tamaño de la obra, ya que fija un gran lienzo en la pared, el cual va enrollando hacia arriba o hacia abajo, teniendo siempre a la altura de sus ojos lo que va trabajando; que en sus cuadros no hay sombras, porque manchan el color; que su paleta va de cuatro a siete colores: azul cobalto, ocre, rojo carmesí y verde, además del blanco y negro.
Finalmente, gracias a un intercambio -Fridas por Boteros- en 2009 el gobierno de Tlaxcala trajo a esa ciudad la exposición Testimonios de la barbarie, con el tema del narcotráfico.

Botero (fragmentos)
¿Por qué pinta Botero gordos?
«No, yo no pinto gordos»: así responde Botero una y otra vez la pregunta, lo cual sorprende y provoca. Las figuras que aparecen en sus obras no son precisamente enclenques, marcadas por el hambre, sino que tienen aspecto de estar bien alimentadas, un perfil regordete e incluso rechoncho. Ahora bien, no solo las personas son <<gordas», sino="" también="" todo="" lo="" demás="" que="" aparece="" en="" los="" cuadros.="" de="" este="" modo,="" botero="" subraya="" una="" y="" otra="" vez="" sus="" cuadros="" la="" sublimación="" corresponde="" a="" inquietud="" estética="" tiene="" razón="" estilística.="" <br="">Botero es un pintor figurativo, pero no realista; sus obras se orientan por la realidad, pero no la plasman. En sus cuadros, todo es voluminoso: tanto el plátano, la bombilla, la palmera y los animales como los hombres y las mujeres. A Botero no le interesa pintar determinadas cosas -por ejemplo, hombres gordos o mujeres gordas-, sino que desea convertir, mediante transformación o deformación, la realidad en arte. Su nostalgia creativa, su ideal estético, gira en torno a formas y volúmenes, a un estilo que le permita expresar esas visiones…También artistas como Giotto Rafael, El Greco, Rubens y Picasso deformaron las cosas yla realidad para expresar lo que querían...
La exageración, permanente y universal, y su repetición ininterrumpida dentro de las obras completas de un artista, como fue el caso de los pintores anteriormente mencionados, y también lo es de Botero, eleva la deformación a regla, con lo que la transforma en un estilo.
La deformación sin un sentido superior, por sí misma, es o monstruosa o una caricatura; en el caso de Botero no es ni lo uno ni lo otro, sino que la deformación se debe siempre al deseo de elevar la cualidad sensual de los cuadros. Lo regordete responde a una preferencia formal por los valores plásticos en el arte clásico.

Comienzos en Colombia
En junio de 1951, un fotógrafo inquieto presentó en las salas de su estudio de Bogotá una pequeña exposición de 25 obras, entre las que se encontraban acuarelas, dibujos y óleos de un artista joven y desconocido que poco antes se había trasladado a la capital. La exposición cosechó un éxito modesto, pero no desalentador. No había pasado un año cuando Leo Matiz -así se llamaba dicho fotógrafo- volvió a exponer al mismo artista; ahora, el éxito fue grande, pues se vendieron todas las obras. Ninguno de los que participaron entonces en la exposición, ni el galerista aficionado ni quienes compraron las obras, ni el mismo artista -Fernando Botero, de Medellín, entonces de 19 años de edad- podían imaginarse que llegaría aconvertirse un día en uno de los pintores más famosos de América Latina.
Todavía nada hablaba en favor de esa suposición. Sus cuadros eran tan heterogéneos que los visitantes creyeron que se trataba de una exposición colectiva. La gama de influencias que podían apreciarse en aquellos tempranos cuadros iba desde Gauguin hasta los mexicanos Diego Rivera y Clemente Orozco. Sin embargo, el joven autodidacta de la ciudad andina no había visto nunca obras originales, ni de esos pintores, ni de ningún otro artista. Sus conocimientos de pintura los había obtenido de libros y reproducciones... en el vestíbulo de la casa de un amigo se encontraba una reproducción de la Mujer delante de un espejo de Picasso y una lámina según De Chirico, que impresionaba una y otra vez al muchacho.

El reto de Nueva York

Con ocasión de su segunda exposición en la galería Gres, celebrada en octubre de 1960, Botero volvió a viajar a Washington. Pronto comprendió que, si quería evolucionar como artista, debía quedarse en Estados Unidos, lo cual supuso un paso difícil, pues significaba volver a dejar lo ya conseguido. Así fracasó también su primer matrimonio, que pronto acabaría en divorcio.
Con poco dinero y aún menores conocimientos de inglés, Botero se instaló en un modesto apartamento de Greenwich Village, donde -como gusta de referir- comenzó a pintar al día siguiente de su llegada. Trabajo en solitario en el estudio, visitas también en solitario a los museos y galerías, y paseos interminables por enorme ciudad, inolvidablemente fría: esos son los recuerdos imperecederos del invierno 1960/61 y de sus comienzos en Nueva York...
Al mismo tiempo le entusiasma la energía de la ciudad; el sentimiento de competir con un gran número de talentos le anima a aceptar ese reto…
en este sentido, la época pasada en Estados Unidos fue tan formativa como los años de aprendizaje en Europa. También aquí había dado Botero prueba de una capacidad de resistencia que le caracterizaría siempre y que, en definitiva, sería decisiva para su éxito. La atracción que ejercían los estilos actuales, el expresionismo abstracto y el pop art -Lichtenstein y Warhol comenzaban a exponer sus primeras obras- no separó a Botero de su camino, que consideraba debía ser la expresión de la cultura latinoamericana y de su origen.
Los años transcurridos en Nueva York fueron los más duros de su vida: comidas frugales, soledad, rechazo, críticas feroces los suramericanos, los «latinos», eran objeto de desprecio.

América Latina como tema

El contenido y la forma de su arte son una manifestación individual y muy personal que, además, se reconoció muy pronto como quintaesencia de lo suramericano, tanto por sus compatriotas como por personas de otros continentes.
Desde este punto de vista, Botero solo puede compararse, entre los artistas de América Latina, con Diego Rivera, quien también trabajó primero en Madrid y París hasta que un buen día Picasso le insistió, con brusquedad, en que volviera a México para pintar en «mexicano» en lugar de imitar el cubismo y demás estilos modernos europeos.

En sus palabras
Cuando se es joven, se quiere combinarlo todo; yo también: quise aunar el color de Henri Matisse, la construcción de Pablo Picasso, la pincelada de Vincent Van Gogh.
En Piero della Francesca comprendí el efecto que causa la serenidad. Se trata de una solemnidad sublime, que se puede observar también en el arte egipcio. Siempre me ha conmovido: ¡hay tantas alusiones en el movimiento rígido!
Para mí, tuvo una gran importancia una personalidad como Rivera (Diego). A los jóvenes pintores centroamericanos nos enseñaba la posibilidad de crear un arte no colonizado por Europa. Lo mestizo me atraía, esa mezcla de cultura autóctona y española.
Cuando se observa un cuadro, es importante reconocer de dónde procede el placer. Para mí es la alegría de vivir unida a la sensualidad de las formas. Por esto, mi problema es expresar sensualidad por medio de formas.

Botero
Mariana Hanstein
Taschen/Editorial Cordillera del Sur
Santiago de Chile, 2011